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Los arqueólogos del rock no han tenido que excavar mucho para encontrar figuras con dotes de escándalo, con bastantes recovecos pero con inmensa genialidad y la fuerza de gravedad de un hoyo negro, que pese a la controversia pasarán invictos a los estrados de la memoria musical.
En Colombia gracias a la Virgen del Carmen existe uno de estos intocables que nunca ha sido estrella de rock, pero se consagró como uno de los sumos sacerdotes del blues con acordeón, que en nuestro país no es precisamente Zydeco, sino deliciosamente vallenato.
Señoras y señores: Diomedes Díaz, El Cacique de La Junta, el Sid Vicious del vallenato, el Keith Richards Guajiro, shaman de todos sus seguidores. El hombre de las ventas millonarias de discos, que hace rugir estadios y que convirtió los conciertos en ceremonias y rituales.
Hace rato quería ir nuevamente a un show del cacique. Estar en hermandad parrandera, ser de su fananticada, y la oportunidad tan invocada apareció.
Era como ir a ver a los Sex Pistols. Fui sola. No quería que nadie me hablara y me desconcentrara. Me dieron un brazalete mágico con entrada a la corte del Cacique. Una mesa como de 10 kilómetros para mí y mi fiebre de sábado en la noche. Siendo muy temprano la gente ya había ocupado sus lugares. Directo como puño al tímpano irrumpía Eddie Herrera con sus propuestas indecentes: a dormir juntitos, ay como antes…, y el negocio lo cerraba Juan Luis Guerra: ”nada se compara con tu cara bonita” y ahí quedaba uno convencido a punta de agua de 5.000, bueno si va llegar Diomedes todo se vale. La degustación de un Ron de cuyo nombre no quiero acordarme -por que me devuelvo-, atacaba los sentidos
Los bajos retumbaban, explotaban los oídos. Una pareja me pidió que les tomara una foto, ellos sabían a que iban. Y sí, muy pachanguera la música, pero perdón una pregunta, a qué hora sale Diomedes?
Un interrogante que motivaba, y que luego inquietaba. Desde la mesa de un actor se empezaban a disparar bolas de papeles hacia la tarima. Qué gesto tan cordial.
El locutor anunció: “Tributo al cacique”. Qué???, un grupo homenaje versionando las canciones del tipo que va a tocar?. Con jóvenes vallenateros entre los que se contaban Pillao Rodríguez y un acordeonero que había visto en la Trampa, interpretando clásicos de Diomedes la expectativa se anestesió. Llegó la euforia, el cachete con cachete, otra botella, la mamadera de ron, el diluvio del whisky, La Reina, La Plata, Oye Bonita, pero y Diomedes ¿? Era un mantra en mi cabeza.
De repente: Señoras y señores con ustedes: El Cacique de la Junta Diomedes Díaz!!!!
Delirio, felicidad , histeria. A mi lado estaba un muchacho como de 19 años armado de cámara y tatuado hasta el lomo. Cuando apareció El Cacique, dio un grito y quedó tan quieto que pensé que le había dado un paro cardio-respiratorio. Juro que no he visto un fan así ni en los grandes conciertos de rock. No era descabellado concluir que en algún lugar de su cuerpo, que no saltaba a la vista, lucía un tatuaje de Diomedes.
El Cacique se inauguraba en Bogotá con el corte La Enganchá. A su lado los músicos, unos duros, batiéndose en la tarima, y con un aura de paz y realeza, el acordeonero Alvarito López, incólume. Yo que estaba muy cerca, hacía fuerza, y le enviaba mensajes telepáticos al ídolo con la letra de la canción,- por que uno no sabe, a los gigantes les puede pasar. A él como a Charly García los ha hecho sufrir una laguna en medio de un éxito-. Pero mi muchacho estaba perfecto. Funcionando como con si le hubiesen insertado un metrónomo y uno de esos archivos que dicen “Lyrics”- Qué grande que sos Diomedes! Como dijo un amigo metalero argentino al que le regalé una recopilación de nuestro cantor guajiro.
Los dioses oyeron la Enganchá y del cielo empezaron a caer papelitos de colores y nos teletransportamos al carnaval de Barranquilla. Las marimondas y las nenas bailaban. El Cacique acudía a sus pasos sabrosos, esos que cuando uno era pequeño veía en la trasmisión de la fiesta de los hogares colombianos.
Luego llegó Listo Pa la Foto, y todos posamos. La sonrisa del Cacique se amplió esta vez despojado de joyas en sus dientes, mostrando que es destripador de cantantes y que les ha ganado a muchísimos, como recordando una de sus canciones que reza: “yo no se si sea el primero, pero el segundo no soy…”. El espacio se iluminó. Hubo una pausa de segundos en la que Diomedes apuntó su mirada a la audiencia. Un silencio. Después de reflexionar dijo: “Cómo están de bonitos mis seguidores!!!”
El cantante se fijó en su fan enamorado. El tatuado de 19 con cara de 14 que no paraba de dar chillidos, le dijo algo que no voy a reproducir, y por obra y gracia, -digamos que de Colacho para acudir a las deidades-, el peladito quedó ubicado justo contra el borde de la tarima. Cumplió su sueño, estaba en el Olimpo. El concierto seguía su marcha.
La gente coreaba “pueden haber más bellas que tuuuu”. El Cacique nos contaba cuando le salió su primera cana, y entre las cortinas se vio volar el espíritu de Alejo Durán mientras sonaba su composición Mal de Amor, que engalana el nuevo disco del Guajiro. Diomedes improvisó unos versos, se peinó, y narró cuentos costeños. Compartió unos traguitos con su fanaticada a pico de botella, dio autógrafos, se dejó robar abrazos, se sentó al borde para cantar más de cerquita a sus seguidores que querían llevárselo con ellos para la casa. Y la música rebosaba, hacía que la parranda tocara el techo. Con mucho gusto interpretaba: “viene la vaca, yo soy el toro…”, y los seguidores vociferaban la canción que quisieran que fuese su himno: “ por eso la plata que cae en mis manos, la gasto en mujeres , bebida y bailando”. Con los minutos se vio el infaltable beso en la frente al acordeonero. Si señor, por que Alvarito se los merece todos. Con sentimiento primo.
Parranda, sudor y lágrimas. La audiencia poseída. Y pronto sucedió lo que usualmente pasa en los shows de Diomedes. Uno de estos súbditos tomo valor, se subió a la tarima y se hincó a los pies del Cacique para que según él, le diera su bendición, -y yo pensaba: esta vaina se puso ceremonial o este man está muy borracho-. El cantante lo levantó y le dijo: tranquilo compadre, con un abrazo. Y ahí se subió el segundo de los confesos, y repitió la misma historia. Hasta que los grandotes de seguridad se despabilaron, todo en paz y armonía. Pensándolo bien, sin mi pudor, sin el oso de verme como groupie, y con un poco más de combustible etílico, qué va, hasta yo me hubiese arrodillado también.
Las tribunas ovacionaban al Papá de los Pollitos. Querían posar de nuevo y pedían Listo Pa la Foto que fluyó cuando todos pusieron su mejor cara para que El Cacique los siguiera viendo bonitos. Después del flash, irrumpió El Condor Herido, y como en una fiesta con los amigos, acosado por el reloj y con muchas ganas de quedarse hasta las 6 de la mañana, el cantor se retiró con Ya Viene Amaneciendo, disfrazando su voz con la de un charro. “Ay Diomedes Díaz pa´ que no te acabaras, hijo”. Con un parapapan pan pan finalizó la noche. Yo salí feliz, recordando una consigna repetida por El Cacique: “Al que le van a dar, le guardan, y si está frío se lo calientan”.
Lunes, 18 de Enero de 2010 10:35
Carambantuaenguayabá - (18/Enero/10)
juuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!
piñe - (19/Enero/10)
Buena por diomedes,diomedista por siempre!